Cómo empezamos a vivir online, sojuzgados por la tecnología y los poderosos. Una historia del futuro

Vórtices de pura energía

Las principales víctimas del virus son las personas mayores, que mueren a montones en hospitales, residencias y en sus propios hogares. A menudo mueren solas, sin poder respirar y muchos, se teme, sin sedación, ni morfina.

P. Toynbee, The Guardian · 2020

Casa de los Zonar

Aunque está de vacaciones, Sara Zonar, madre de Enri y esposa de Arthuro, lleva una semana complicada en el colegio, ocupada con tareas para el próximo curso. Es profesora de primaria, en un colegio privado, y cada año comienza con nuevas normas, a las que hay que adaptarse sin apenas tiempo. Cada vez más trabajo y el mismo personal para realizarlo. Es una constante carrera de obstáculos, a la que hay que sumar las medidas de alejamiento social, que complican aún más su trabajo. Por cansancio acumulado o porque aún no ha desconectado, encargarse de esos temas de última hora está siendo más duro que dar las clases. Solo desea que las vacaciones sean tranquilas. Si la dejan. 

Sara lleva dos cursos en la escuela. Cada vez necesita más tiempo fuera del horario lectivo para preparar sus asignaturas, corregir trabajos y exámenes. Una tarea desbordante que la deja agotada. A pesar de todo, está contenta, le apasiona su trabajo. Sus alumnos son chavales espabilados, con ganas de aprender y eso es muy motivador. Si además consiguieran exponer con claridad lo que piensan, sería la profesora más feliz del mundo. A esas edades los niños son curiosos, se cuestionan cosas. Es el momento para que interioricen conceptos, para que unan puntos y en definitiva, aprendan a pensar.

Intenta olvidarse de las preocupaciones, mientras se dirige a la cocina con su esterilla para hacer unos estiramientos. Le extraña no encontrar allí a Arthuro, cuando recuerda que tenía que salir de compras. Apenas la ha extendido en el suelo, cuando de sopetón aparecen por la puerta exterior dos vórtices de pura energía: su madre y su hermana. Cuando ella se queja con sorna de que su casa parece el camarote de los Hermanos Marx no es por nada. Siempre hay gente entrando y casi nunca saliendo.

Martha Walsh, su madre, y Joan, su hermana mayor, por separado son soportables, pero juntas son una pesadilla. Tienen la virtud de retroalimentarse y de enredar una conversación inocente, hasta el punto de convertirla en algo disparatado. Sara suele decirle en broma a su marido que debería inventar algo para disolver asociaciones malsanas, desintegrarlas, algo…  Piensa todo esto mientras observa como cada una de ellas pasa por la descontaminación. 

A ambas les incomoda especialmente esta obligación, aunque por diferentes razones. Es el ritual obligatorio cada vez que se entra o se sale de una casa y de cualquier local público. Si el sistema detectase que pasan al mismo tiempo por el arco y que es un comportamiento reincidente, tendrían que hacer un cursillo de reeducación en salud. Y si la conducta persiste, puede haber sanciones económicas e incluso la cárcel.

Es interesante cómo se adapta cada persona a la situación, lo que es capaz de aceptar y lo que no. Algunas se someten a las normas sin cuestionarlas, otras enfrentarán cualquier tipo de imposición.

Ambas llevan mascarillas, la de su madre coordinada con los tonos de su vestimenta, la de su hermana…  mostrando su personalidad. Ha prosperado toda una industria que ha convertido el equipamiento higiénico y de seguridad en un complemento de moda más.

—Hola Sara —saluda Joan alegremente. Se señala la mascarilla con un gesto, es una norma no escrita, pedir permiso para quitársela en casa ajena.

Resignada a no poder hacer ya sus estiramientos, Sara afirma con la cabeza. Dirige su mirada a propósito al pequeño higienizador de la encimera. Es la manera de recordarle que tiene que descontaminar los objetos que están en contacto con la boca o las manos. 

—¡Hola mamá, hola Joan! —saluda a las recién llegadas. Mientras, recoge la esterilla y se arregla un poco la coleta.

—Son casi las once —dispara la madre, que se quita mascarilla, guantes y gafas sin pedir permiso—. ¿Qué haces así vestida? ¿no te has duchado todavía?

Nunca ha destacado por sus habilidades sociales y con los años se ha vuelto más anárquica en su comportamiento y aún más ácida con sus comentarios. Sara respira, no tiene ánimo, ni ganas de tener una discusión. 

—No mamá, iba a hacer algo de gimnasia, pero si es imprescindible para ti, subo en un momento y me doy una ducha —se da cuenta de que su madre va a soltar las protecciones en la encimera, la reconviene—. Por favor, deja tus cosas en el descontaminador con las de Joan, y desinféctate las manos. Si necesitas el spray bucal, lo tienes ahí al lado.

—¿Deporte a estas horas? —insiste Martha, que parece ignorar los comentarios de su hija, pero sigue sus instrucciones—. ¿Tan tarde?

—Bueno mamá —interviene Joan, mientras se desinfecta las manos—, cada uno hace deporte cuando puede. O cuando quiere. Tienes que tener alineados…

—Si los chakras o lo que sea —responde Martha con sequedad—. No me vengas con tus rollos místicos.

—Bueno. Tú has preguntado.

El tono insolente de Joan molesta a Martha, que decide no entrar al trapo, a su manera.

—Y yo te he contestado —responde aún más seca.

Sara interviene, antes de que se enreden más las cosas.

—La que no lo ha hecho soy yo, y la pregunta era para mí ¿no? —suena apaciguadora—. ¿Sabéis qué…? Voy a ducharme y bajo en diez minutos. 

Sin esperar respuesta, Sara se va a su habitación, pensando que con un poco de suerte estas dos encontrarán a otra víctima.

Y efectivamente, transcurridos unos minutos aparece Arthuro, que vuelve de hacer la compra sin imaginar la que le espera. Entra por la puerta del garaje, con un par de paquetes entre los brazos. Se fija en lo que hay en la zona de control, ve a su suegra y su cuñada y su descentrado aunque apacible sábado, se va a la porra en un instante. Su cara dibuja un gesto cómico y poniendo los ojos en blanco, cuenta hasta tres antes de saludar.

—Martha, ¡qué alegría! —exclama mientras inicia la descontaminación—. Joan, te veo genial.

Su cuñada sonríe nada más escuchar el saludo. El sarcasmo de Arthuro es lo mejor de estas conversaciones.

—Sí, claro. Déjate de rollos, acaba pronto y ofréceme algo fresco para beber —resopla Martha, manifestando su incomodidad—. Ya no aguanto el calor.

—Por supuesto, ahora mismo —entra y deja los paquetes del super y se dirige al frigorífico. Continúa en el mismo tono burlón—. Si quieres miramos algún viaje económico, a un sitio fresco. No sé al Polo Norte, por ejemplo. Ah no, que ya lo conoces, que tú no paras…

—Qué gracioso eres.

—Mujer, lo digo porque más fresco que allí… 

Joan sonríe, lo que irrita aún más a Martha, que la fulmina con la mirada e incita a Arthuro. Sirve unas limonadas y mientras termina de guardar la compra, no deja de fijarse en las dos mujeres. El gesto divertido de Joan, le anima a atacar de nuevo.

—Aunque creo que desde que volviste, no ha dejado de subir la temperatura —al no encontrar reacción prosigue—. Y hay menos gente, al marcharse el club de los jubilados. Que eso también es importante para el medioambiente.

—A mí no me molesta la gente… —protesta Martha, cada vez más irritada— Solo algunas personas…

Arthuro no se da por aludido.

—Piensa que puede ser recíproco, lo de la gente. 

—Te he entendido listillo.

Joan interviene, al ver a su madre tan enfadada. La cosa promete y acaban de llegar. Le divierte este tipo de conversación, pero tampoco quiere que vaya a más.

—¿Y qué tal el trabajo Arthuro? —pregunta rebajando la tensión—. ¿Tienes mucho lío?

—Pues mira, hoy casi no he hecho nada, porque entre unas cosas y otras… —duda un segundo, antes de seguir—. El mundo se mueve rápido y en mi trabajo es primordial estar al día de lo que ocurre.

—No, si aún resultará que te molestamos —replica agria Martha.

—Eso lo has dicho tú.

Afortunadamente Sara regresa a la cocina en ese momento y se dispone a rescatar a su marido. 

—Vamos al jardín. Hace una bonita mañana, ¿os parece chicas?

—Sí —reponde Joan—, vamos a que nos dé el aire.

—Eso, eso. Salid a ver si corre el aire… —esto último lo dice más para sí.

Bueno, piensa Arthuro, ese chicas me excluye de la reunión. Como no me han invitado, mejor me escabullo antes de se acuerden de mí.

Continuará…

Si quieres empezar desde el principio, aquí tienes el primer capítulo. Y luego dale a Siguiente.

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1 comentario

  1. Victoria

    Ya me asomo

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