Cómo empezamos a vivir online, sojuzgados por la tecnología y los poderosos. Una historia del futuro

Influencer por casualidad

It's always around me, all this noise
But not nearly as loud as the voice saying
Let it happen, let it happen
(It's gonna feel so good)
Just let it happen, let it happen

Siempre está a mi alrededor, todo este ruido
Pero no tan fuerte como la voz que dice
Deja que pase, deja que pase
(Te sentará tan bien)
Solo deja que pase, deja que pase”

Let it happen
Tame Impala

Casa de Elga Lorensen
Melbourne, Australia

Una sensación de tremendo cansancio se apodera de Elga. En ese preciso momento es consciente de lo super agotada que está. No ha parado ni un minuto en todo el día. El evento de Promesas de la Internet Australiana 2023, en el que ha sido ponente y homenajeada, las charlas, relacionarse con los asistentes, los cambios de vestuario, maquillaje, peluquería…, la han dejado molida. 

Mientras otras dos fans se hacen un selfie con ella, Elga Lorensen piensa en las ganas que tiene de volver a casa, sin cruzarse con nadie más. Aunque no lo demuestra. Su actitud es la de alguien que disfruta, que seguiría así durante horas.

Sonríe a pesar de llevar la boca tapada por una original mascarilla de diseño propio. Con pandemia y todo, ese gesto natural no se ha perdido. También sonríen sus ojos, y los de esas fans que no se pueden creer la suerte de estar a su lado. Así ha pasado el día, sonriendo y escuchando lo guapa que es, lo fantásticas que son sus fotos y mensajes. Sonreír y sonreír, más y más. Hace tiempo que el discurso se lo ponen otros.

Recibir tantos halagos es fantástico. Ella es un ejemplo a seguir, una chica sana, vegana, aficionada al deporte, preocupada por el medio ambiente y enamorada de la moda. Es un ídolo. Cualquier gesto suyo, por mínimo que sea, es copiado y difundido al instante por todo el mundo en Instagram o TikTok, en Facebook, y ahora en Pink-a-Gram también… Una palabra suya puede aupar o hundir cualquier proyecto o marca en menos de lo que le cuesta dejar el móvil en silencio. Ser tan popular, por supuesto tiene recompensa, es algo que otros aprovechan y valoran: en dólares australianos o americanos, en libras o yenes. Los conflictos que esto le genera es otro tema del que ya se ocupará.

Elga es inteligente, ha tenido una buena educación y es una lectora empedernida. Este mundo artificial y un tanto vacío de las redes sociales, influencers, seguidores y haters le resulta fascinante, a pesar de lo falso que le parece. Es como un laboratorio para analizar el comportamiento humano, cobayas voluntarias que se prestan a lo que sea. Y ese experimento está llenando de ceros su cuenta corriente.

Lo curioso es que, ajena como ha sido siempre a este mundillo, haya llegado al punto en el que se encuentra: una exitosa influencer post-pandemia. Si la gente supiera… tímida, delgada más por obligación que por devoción y sin grandes inquietudes. Y ahí está, con el mundo a sus pies, por pura casualidad.

Cuando le preguntan por sus principios, es ecologista, vegana, pero si esos no sirven tiene otros. No es la primera que piensa como haga falta si le supone un beneficio. Una vez que ha recibido el impulso para triunfar no se va a echar atrás. Puede ser muchas cosas, pero tonta desde luego, ni un pelo. Su conciencia se acalla fácilmente, jamás ha mentido. Simplemente ha dejado que se dieran por supuestas muchas cosas y se ha limitado a no desmentir ninguna. Un buen recurso con el que siempre podrá afirmar, sin remordimientos, que nunca ha dicho lo que no ha dicho.

Saluda a Raul Armitage de Pink-a-Gram que se sube a un coche. Ha quedado en hablar con él, ha sido un día provechoso. Se despide de sus últimos fans, con aparente simpatía e interés. El chófer de su VTC la saluda, le abre la puerta dando un paso atrás para mantener la distancia de seguridad, e inicia el trayecto con la radio apagada, sin mediar palabra. Son sus preferencias registradas en Uber, no le apetece que ningún conductor simpático le dé la chapa con cualquiera de sus supuestas habilidades artísticas, bastante aguanta ya a diario. La descentra el mensaje automático, como siempre: “Por su seguridad procederemos a la desinfección… Por favor cierre los ojos…” La nebulización biocida aún permanecerá en el ambiente, veinte minutos después cuando llegue a casa.

En cuanto entre aún tiene que hacer algo más antes de descansar. Durante el día ha estado compartiendo imágenes de todos los eventos en sus cuentas, su móvil muestra el resumen de la actividad, miles de notificaciones. Ahora solo le queda colgar una última foto para sus fans, desearles las buenas noches y agradecerles su cariño. Lo hará en pijama, con un maquillaje suave, el gato en su regazo y una taza de infusión humeante con mensaje reivindicativo, alguno de su propia cosecha. Elga lucirá su espectacular belleza nórdica, sin una mascarilla que oculte su radiante, pero fría sonrisa. Y luego cenará, que ha estado pasando hambre todo el día: una buena hamburguesa con queso.

La culpabilidad que no le produce su vida guionizada aparece después del atracón de buey de kobe y por culpa de las calorías ingeridas. Desde que recuerda ha tenido problemas con su talla, con su peso, con su todo en realidad. Y por lo visto es a la única a la que eso le ha importado, su familia la adora tal cual es. Su abuela se ha pasado toda su niñez pellizcándole a todas horas las mejillas sonrosadas y ahogándola literalmente con sus cariñosos abrazos, primero en su Copenhague natal y luego en Australia, donde se vino a vivir con su familia tras jubilarse. 

Sus padres nunca le han hecho reproches ni recomendaciones de ningún tipo. Siendo adolescente, una vez, una, al poco de trasladarse todos a Melbourne, les sorprendió hablando de su sobrepeso. Su madre fue tajante en la respuesta, está creciendo, ya cambiará. Eso fue todo. Su psicólogo asegura que aquella reacción, muestra de amor incondicional, en realidad fue demasiado fría, como si no les importara en realidad. Algo que ha influido en su carácter, en esa desconexión emocional que tiene hacia todo el mundo, familia incluida.

Se prepara para la foto despedida del día, pensando en lo que ha cambiado su vida, en un minuto, por estar en el momento adecuado en el sitio justo. 

Ese día, hace tres años, volvía de visitar a su abuela, que vive en un pequeño y coqueto estudio en Acland Street, en la zona del Palais. Se había aventurado por fin a salir, para regresar a su casa, a pesar de lo que le molestaban los agobios, al ver que poco a poco el centro recuperaba la normalidad. Aquel barrio siempre estaba abarrotado de gente, pero a esa hora un poco más, por la riada de jóvenes que salía del concierto de Tame Impala. Unos perfectos desconocidos, que ahora forman parte de su círculo de “amigos”.

Su abuela, como siempre, se asomaba a la ventana para despedirse hasta que la perdía de vista. Había insistido en que se abrigara bien con el conjunto de crochet que le acababa de regalar. Para Elga eso del crochet era de otra época, le parecía antiguo, estaba en la lista de cosas que más aborrecía en el mundo. 

Pero la abuela parecía tan feliz cuando lucía alguna de sus creaciones, que no tenía inconveniente en hacerse una foto, mandársela y enterrar el modelito de turno en el fondo del armario. Cuando la mujer le preguntaba por el último, salía con una excusa: «lo he olvidado en casa, se lo he prestado a una amiga». La abuela, inagotable, le volvía a hacer otro, y Elga que la quería a pesar de todo, jamás había podido decirle que no quería ni uno más. 

Aquel día como otras veces, pensaba cambiarlo por otro más normal que llevaba en el bolso, al subirse al autobús. Justo en ese momento un tímido becario, con pinta de ser su primera vez, la intercepta y le pregunta por el concierto. Sorprendida pregunta ¿qué concierto? Como si no hubiera suficiente griterío en la ciudad. Como si no se hubiera jodido el tráfico durante horas por el puñetero CONCIERTO. 

La escena es cómica. Cara de incredulidad del becario, como si fuera de otro planeta, mientras ella intenta que la riada de gente que sigue llegando del teatro no le arranque la bufanda y el bolso. Eso la deja en una postura extrañísima, intentando no perder el equilibrio, caer al suelo, ni acabar tragándose el micrófono.

La escena sale en todos los zapping, la única persona en la ciudad que no sabía que Tame Impala actuaba en Melbourne bien merece unos minutos de atención. La misma que le prestan miles de curiosas que se fijan en su conjunto, ese que pensaba enterrar en el fondo de un armario al llegar a casa, mientras ella se pregunta quién es Tame Impala y qué demonios cantan. 

Cuando después la localizaron algunos medios para exprimir el momento, a Elga no le costó decidir qué tenía que hacer: sacar partido a ese minuto de gloria y montarse una película. Era lo suyo. Después de todo era guionista.

Aprovechó las fotos con todo lo que había ido acumulando en los cajones para construirse un pasado de hábitos artesanos y dejó que rodara la bola. Su abuela, que como siempre disculpó las mentirijillas, la enseñó a tejer y la ayudó con los diseños.

Así era Elga, asumía con naturalidad los halagos y los piropos, desde que era pequeña. Al igual que la presunción de vida que se esperaba de ella. Y así hasta hoy.

Aquel fue sin duda el mejor día de su vida, que coincidió con el inicio de una de las etapas más complicadas para todo el mundo. Fue la última vez que se pudo salir con normalidad a la calle, porque un par de días después se estableció el primer confinamiento en Australia, como consecuencia de la pandemia de Covid-19.

En ocasiones siente una punzada en el lugar donde habita Pepito Grillo, que le recuerda que no es más que un montaje, un personaje de película. Pero la vida es dura, el éxito difícil de conseguir y ella, después de todo, sin hacer nada lo ha alcanzado. O no, porque no es fácil enfocarse y seguir una estrategia continuamente. Si eso vende, si ella vende, y hay gente que quiere comprar, ¿qué tiene de malo?

Una letra del grupo de su amigo Kevin, le viene a la memoria y con ella la sonrisa. Siempre la sonrisa. Aunque maldita la gracia que tiene…

«It’s always around me, all this noise
But not nearly as loud as the voice saying
Let it happen, let it happen (It’s gonna feel so good)
Just let it happen, let it happen
«

Con muy pocas ganas y cada vez más cansancio, se lava la cara y se maquilla de forma más natural. A continuación se hace una coleta con unas greñas estudiadas, perfectamente despeinada. Tras ponerse la camiseta larga que ha elegido para hoy, se hace un selfie con el gato, allí mismo en la cocina. Como parte del decorado una bandeja con fruta, un yogur de soja y un par de hashtags #TeQuieroconLocura #ComoenCasaeNingunSitio. Con eso contenta a sus todos sus fans. Y también provoca a los haters, que no solo de likes vive una influencer. 

Cuelga la foto. Deja al gato en otra habitación, para que no le dé la lata. Va al baño a desmaquillarse del todo, elige el conjunto que se pondrá al día siguiente, con la mascarilla y los guantes a juego. Aprovecha para dar un vistazo a los bocetos de “sus” nuevos diseños de mascarillas que le ha enviado la diseñadora vietnamita. Se toma otra cerveza, mientras hace la hamburguesa. Tras cenar se pone a leer algo mientras oye los cientos de notificaciones que entran en reacción a su foto y las publicaciones del día. Da un breve vistazo, ya las contestará al día siguiente. También el mensaje de Raul: “Enhorabuena”… ¡es tan mono!. Apaga el móvil y sigue leyendo. 

Miles de fans dormirán ese día viendo su imagen. Es dura la vida de influencer, pero aún más la de los fans. ¿Qué tienen en la cabeza?

Continuará…

Si quieres empezar desde el principio, aquí tienes el primer capítulo. Y luego dale a Siguiente.

©HomoInternauta.com 2020. Todos los derechos reservados.

Compartir

Anterior

Un virus de ciencia ficción I

Siguiente

Renacimiento I

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Copyright 2020 - Josie Udoccu · Quién  & Tema de Anders Norén