Cómo empezamos a vivir online, sojuzgados por la tecnología y los poderosos. Una historia del futuro

Otra catástrofe sobre Wuhan

“Usted no puede ir a comer a un restaurante, pero sí podrá permitirse tomar alcohol y fumar tabaco. Es una ley fundamental de la pobreza: que la vida aún y con todo debe ser disfrutada. Muchos le mirarán mal por gastarse el poco dinero que tiene en emborracharse, pero no deje que su ánimo decaiga. Gastar su escaso parné en portarse mal en lugar de en comer bien le diferencia de los animales. ¿Es usted un hámster encerrado en su ruedita de plástico? No, usted es un ser humano todavía, debe dedicar dinero a hacerse daño.”

A. Olmos. El Confidencial · 2020

Cerca de la Presa de los 1000 Años
Río Yangtsé, China

A Yi se le han secado las lágrimas, las ha derramado todas. Ha llorado por sus muertos, por su cobardía, por la desgracia que se ha abatido sobre tantos por su culpa. Ahora está tumbado en el suelo en medio de los cuerpos de su esposa y su único hijo, abrazado a ellos como si la fuerza con que los amarra pudiera impedir que se fueran para siempre. No sabe el tiempo que ha permanecido allí, llorando con rabia, con la misma intensidad del agua que ha desbordado la presa. Después el llanto sosegado, resignado, le enfrenta a la realidad. Él aún ha tenido suerte, otros ni siquiera han recuperado los cuerpos de sus seres queridos. Algunos no los encontrarán jamás.

Los operarios y el personal de emergencia hace un rato que le han dejado a solas, dirigiéndose a lo que horas antes fue un cruce de calles. Continúan con su macabra labor. Intentan encontrar algún superviviente, o al menos un cuerpo que llorar entre el fango, que en unas horas se convertirá en puro cemento.

Una furia incontrolada crece en su interior, viene para acabar con la mansedumbre acumulada durante años. La subdirección de la presa que había conseguido por mediación de su padre, fue una alegría, un motivo de orgullo. Un puesto emblemático que le ayudaría a escalar posiciones en el Ministerio de Energía, el comienzo de una nueva y fructífera vida. Hasta que aparecieron los problemas y se silenciaron. Él sabía que no era una grieta insignificante, de hecho todos lo sabían. Las pocas críticas que alguna vez se escuchaban, eran siempre en confianza y se hacían de forma sutil, ambigua. Nunca se sabe quién puede estar escuchando.

Se incorpora. Apoya con delicadeza sus manos sobre el pecho de cada uno de los cuerpos. No hace falta comprobar el latido, por el color azulado que asoma entre el barro que cubre los cuerpos, es más que obvio que están muertos. Quién sabe cuál fue su último pensamiento antes de morir, el terror que vivieron en los últimos instantes de su vida. ¿Qué clase de monstruo es alguien que sabiéndolo no lo evitó?

Casi sin fuerzas, exhausto, piensa que todo esto no tendría que haber pasado, que había una solución. Aunque implicase dejar en mal lugar a los técnicos y a los políticos, a los dirigentes del mismo partido del que todos eran miembros. Era obvio que no se habían considerado los informes, los que dejaban en evidencia que había fallos en la construcción y deficiencias en los materiales. Algunos se habían hecho ricos así, a costa de miles de víctimas, escatimando, sin miedo a pagar con su propia vida esa codicia. Es consciente de lo que ha pasado, de su participación. La escena a su alrededor es dantesca, otra arcada le recuerda de nuevo su cobardía.

Yi fue consciente de que la grieta podría acabar con el gigantesco embalse reducido a escombros. Por eso buscó una manera de huir de la tragedia que anticipaba, sin delatarse. Unas supuestas vacaciones, merecidas por sus muchas horas extraordinarias, serían la excusa perfecta de cara a su familia para no ir a trabajar. Si fuera necesario, como jefe, bastaría cualquier excusa para tener unos días libres. Eso le daría tiempo suficiente para alejarse de la presa y poner a salvo a sus seres queridos. Una maniobra que probablemente supondría el fin de su carrera, y puede que de su vida. El omnipresente Gobierno lo sabe todo y casi todo lo castiga, los chivos expiatorios están para eso. Se irían a Tailandia, para escapar desde allí a donde fuera preciso. 

Ya daba igual. El previsible desenlace había llegado antes de lo esperado. Para cuando quiso volver a su casa las lluvias torrenciales habían dejado las carreteras impracticables, al llegar ya no había hogar, ni familia, ni futuro. Por alguna razón, los cuerpos de su mujer y su hijo continuaban allí, dentro de las paredes derruidas, en vez de ser engullidos por la gran ola que produjo la rotura de la presa. Como una broma de mal gusto, dos de las maletas preparadas por su esposa para esas vacaciones inventadas flotaban en un rincón del pequeño jardín, donde hace unas horas había una barbacoa.

Las imágenes son impactantes, incluso en un país acostumbrado a la fuerza de la naturaleza en estado puro. Los restos de lo que el día anterior era una ciudad se muestran obscenamente por todos lados. Una cama metálica medio enterrada asoma aquí, un sofá y unas sillas más allá, cuadros, juguetes de niños, una cuna… Las casas manchadas, el barro, los árboles derribados, el río y la tierra forman un todo fangoso que se extiende hasta donde alcanza la vista.

Ese lodo contiene multitud de sustancias tóxicas provenientes de las fábricas que el agua se ha llevado por delante a su paso, y ha inundado una extensa zona de Hubei, sobre todo en Wuhan, la capital de la provincia. Y si verlo desde el aire impacta, a ras de suelo, el olor a humedad, fango y muerte revuelve las tripas.

Yi no puede más, tiene ganas de vomitar. A pesar de que todo es un lodo verdoso, por pudor se retira un poco para hacerlo. Observa durante un instante el cadáver de la novia de su hijo. También estaba allí… Una fuerdai más, como su único descendiente. Dos jóvenes sin otra ocupación que vivir una vida que él había interrumpido, como las de muchos miles de personas, más que por su incompetencia, por su cobardía y por seguir unas directrices políticas que nunca debió atender.

Yi se limpia la boca, da un trago a una semivacía botella de agua y se encamina a donde estuvo la puerta de su casa. Se pone una mascarilla, no quiere dar el espectáculo delante de los hombres. Ahora ya no es padre ni marido. En su cerebro se ha activado el modo ingeniero, que ha arrinconado al dirigente político, con el que compartía intereses. 

Da igual lo lejos que se mire, solo ve devastación. Los enseres que algunos afortunados consiguieron sacar de sus casas, permanecen en las partes altas de las viviendas, las pocas que quedan en pie. Algunos supervivientes trabajan con los soldados para salvar vidas, rescatar sus pertenencias, lo que sea posible, no hay tiempo para lamentarse. Un perro sin apenas fuerzas nadar con dificultad intentando salir de una pequeña riera que se ha formado allí cerca. A pesar de la desolación hay vida…

El desastre ya no tiene arreglo. Yi hace cálculos, estimaciones, pensando en cómo se pueden paliar los efectos. Parece imposible que esto vuelva a ser lo que era, pero los chinos son capaces de salir de eso y más. La historia lo demuestra, también que se ocultará cómo se gestó la tragedia.

Observa el cielo aún cubierto. La lluvia que ha provocado la rotura y derrumbamiento de la presa, amenaza con volver. El agua que ha intentado dominar, el agua que ha provocado la tragedia, el agua que ya no saldrá de sus ojos… Los pensamientos que le han rondado durante meses, intentan apoderarse de su ánimo y no lo permite. No es el momento, hay que ponerse manos a la obra. Ya se encargará de los responsables, vaya si lo hará, aunque sea lo último que haga con su vida, aunque acabe con ella. Tras dar una última mirada a los cuerpos ahora tapados por plásticos, se dirige con paso decidido hacia un grupo formado por operarios, soldados y civiles que se ha tomado un pequeño respiro.

—-Vamos amigos, hay que volver al trabajo. Puede empezar a llover de nuevo en cualquier momento.

Continuará…

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